sábado, 17 de diciembre de 2011

Ruta del Benicadell

Ajado cielo azul triste y vencido,
plomizas madrugadas otoñales
de veranos olvidados y perdidos.
De miradas tristes e infinitas.
Triste piel vacía de recuerdos y energía,
te pegas a los huesos blancos y envejecidos
esperando tu final.
Un final lento que no llega, que no se apiada
de lejanas y viriles juventudes,
de fuerzas y arrogancias,
de anhelados sueños y esperanzas,
de salud y alegría contagiosa.
Pasa factura la vida. Pero desde aquí fuera
la veo saldada y satisfecha.

Roda i Pedal


"Quiero mezclar mi duelo con el duelo de la naturaleza".
Jacques Delille

Llegaba otra oportunidad para hacer una ruta de día completo, y como siempre últimamente, la meteorología se confabulaba para complicarnos la vida.
El viernes el viento sobrepasaba con rachas de 80 kilómetros por hora y amenazaba seriamente que pudiéramos hacer la ruta. De todas formas el sábado arriesgamos y nos encontramos con una mañana soleada y tranquila sin ni tan siquiera una leve brisa. La otra alegría nos la llevamos al llegar a la base y encontrar las cuatro burras dispuestas a cabalgar nuevamente juntas después de muchos meses sin la compañía de Carlos. Iba a ser un rutón, y se lo íbamos a dedicar a mi madre hoy que hace un mes que nos dejó.
Cargamos el remolque y salimos hacia Adzeneta de Albaida donde iniciaremos la ruta de hoy. Mientras hacemos los estiramientos, la fría mañana nos hace desear ponernos en marcha hacia arriba para ir entrando en calor rápidamente. Unos metros después el chirrido del disco delantero de la bici de Salva nos hace parar a intentar solucionarlo de un modo u otro, es simplemente impensable seguir toda la ruta con esa cantinela y los 3 aguantando ese lamento. Salva, ajeno a esos ruidos tan agudos ni lo oye, ni le molesta, y encima nos purea por hacerlo parar para desmontarle el freno delantero, que “webs” que tiene. Solucionado el problema seguimos subiendo aunque el frío ya se ha ido casi en las primeras pedaladas de ascenso.


El camino esta en perfectas condiciones y nos permite un rodar cómodo y continuo a ritmo sin tirar de potencia. La subida se mantiene constante durante los siguientes kilómetros sin grandes rampas pero con un porcentaje interesante que sin embargo nos permite un ritmo alegre de subida que no nos saca de pulsaciones en ningún momento. Nos pasan varios coches que imaginamos se adentran en la montaña para buscar setas, pensamos que en lugar de la montaña esto parece la autovía. Pasamos al otro lado de la ladera y encontramos las primeras vistas despejadas hacia a la vall d’Albaida y todas las montañas hacia el norte. La torre del castillo de Carbonera se muestra en la ladera de esta montaña por debajo de nosotros y delante del pantano. El Montdúver sobresale por encima de todas las montañas y dibuja su pétrea corona en la distancia desde una perspectiva desconocida, parece que nos llama de nuevo y Carlos le tiene ganas…, así que el año próximo nos tocará subirlo de nuevo y de paso hacer comparaciones con la última vez que sucumbió a nuestros pedales.
Seguimos subiendo y nos acercamos al primer alto junto a una cruz con unas vistas impresionantes.


En el valle una zona arbolada acoge la font Freda, allí un camino se acerca a un mirador, pero la vista desde aquí arriba incluye sobredimensionadas aquellas otras. La cumbre de nuestro compañero protagonista de hoy, se recorta a nuestra derecha con formas imposibles sobre un cielo que tan pronto se cubre de grises nubes como se despeja mostrando un límpido cielo azul. En medio de la vall d’Albaida el embalse de Bellús pone un toque de color en la llanura por encima de la fina línea de la muralla del castillo de Xátiva. Iniciamos la bajada hacia aquel valle y hacemos una rápida parada en la fuente. Seguimos bajando para llegar a una zona con increíbles vistas hacia el valle donde se asienta el pequeño pueblo de Otos.
Aquí la montaña se rasga en innumerables barrancos que por arrastre de las aguas pluviales y el fuerte desnivel se llena de aludes y despeñaderos de piedra. Abajo, los olivos se arraciman en bancales de forma semicircular como si estuvieran dibujados con compás.
Ahora vemos la subida que nos queda hasta el collado donde se inicia el brutal descenso que nos aguarda.
Vemos el camino subir sin tregua. Será la parte más dura del día de hoy, pero tampoco es para tanto. Nos ponemos en marcha hacia esa pared que al final será menos de lo que parece. La bondad del firme nos permite subir a ritmo, y quitando algún que otro repecho importante la rampa continúa en porcentajes que nos permiten dosificar el esfuerzo en un ritmo constante sin picos de potencia.
El collado coincide casi con la bifurcación hacia el alto donde está la caseta de vigilancia forestal a la que no subimos por falta de tiempo, es posible que arriba haya un V.G. pero nos quedaremos con las ganas de saberlo y dejaremos un poso de duda que seguro que Salva aprovechará algún día para vendernos nuevamente esta ruta. También acabamos de dejar atrás el inicio de la senda de subida hacia la cumbre del Benicadell. Bromeamos sobre la posibilidad de iniciar el ascenso, eso sí, a lomos de la bici y sin soltarnos las calas. Estamos a sus pies y nunca mejor dicho.

Estiramos el cuello mirando hacia arriba para dar cabida a tanta grandeza. La cresta de esta montaña es indescriptible. Las roturas de las rocas muestran formas imposibles de narrar, pero desde la vertiente sur aún resultan más impresionantes.
Iniciamos el descenso en una curva del camino que no teníamos prevista. Llegamos hasta el refugio forestal de Casa Planisses, donde sale, o llega, la senda que antes habíamos dejado atrás y que bajaba por el valle de Otos hasta les Fontetes. Seguimos bajando imprimiendo velocidad a las ruedas y apurando frenos en cada curva. La goma delantera nueva no me permite la confianza habitual en las bajadas y me tengo que esforzar por no perder el ritmo de mis compañeros que se alejan en vuelo raso por la ladera de la montaña. Llegamos a la bifurcación que nos saca del camino a la derecha y entra en otro camino mucho más roto para descender hacia la cara sur de la montaña.

La ermita nos espera con su inmaculada blancura encaramada en su altozano y dominando el valle de Beniarrés y su embalse. Enseguida, la piedra del camino se convierte en asfalto y nos empuja, con más fuerza si cabe, hacia abajo, hacia la gloria de un descenso tremendo que dibuja, como de costumbre, una enorme sonrisa de satisfacción en nuestras caras.
Ya en el pueblo cogemos una calle a la izquierda para subir a la ermita, donde nos “aberronchamos” junto a la pared con vistas al pantano para dar cuenta del merecido almuerzo. Nos salimos del track que veníamos siguiendo para hacer un tramo que nos llevará a esta visita y a enlazar después con la ruta http://rodaipedal.blogspot.com/2008/11/crnica-de-la-va-verde-del-serpis.html Como solía decirme mi madre “camino que ves, allá que te vas…” pues para hacer justicia a esas palabras tenía que inventar un tramo de camino nuevo, sino no sería propio de mí.
Llegamos a este precioso lugar que conocíamos de lejos de aquella ruta. Ahora estamos aquí mismo viéndolo todo desde una nueva perspectiva.
Fotos y más fotos antes y después del almuerzo nos hacen sacarle mucho jugo a esta visita. Convocamos cónclave para decidir sobre la conveniencia o no de llegar hasta el embalse debido a lo tarde que se nos está haciendo y las pocas horas de luz que nos quedan por delante. Decidimos seguir las leyes de la gravedad en lugar de luchar contra ellas, bajar es fácil y divertido así que vamos “pa’lla”.
Salimos del pueblo y cogemos el mismo camino por el que subimos en aquella ruta por estos mismos lares. Pasamos entre campos de olivos cubiertos de verde y casi fluorescente musgo. Las cargadas ramas se doblan bajo el peso de los densos frutos que colorean y se tuestan entre el sol y el frío, la humedad y el viento, el abrigo de la montaña y el hálito de la brisa marina que sube por el río desde el mar, a caballo entre Valencia y Alicante.

Llegamos a pie de pantano y recorremos su perfil hasta el mismo lugar de aquella emblemática foto con el Benicadell a nuestras espaldas, hoy por fin completaremos aquella instantánea con el grupo al completo.
Seguimos el trazado del embalse hacia arriba. La carretera del embalse no tiene tráfico y remonta de forma suave hacia el pueblo sin apenas porcentaje, por lo que no presenta dificultad alguna en contra de lo que es la pendiente que acabamos de bajar. Ya en el pueblo giramos a la izquierda para acercarnos a la base de la mole y recorrer su cara sur en busca de cerrar el círculo por un camino asfaltado entre campos de cultivos y olivares.
Algunos barrancos descienden de la montaña y uno de ellos, el barranc del Port, alberga una pequeña ermita y una fuente, con las seductores ramas de los “suspirs” derramando sus lágrimas de madera por delante de la montaña para bañar y alimentar la pequeña presa que hemos dejado atrás. Gaianes es nuestro siguiente paso. El pueblo se muestra tranquilo a estas horas de la tarde y además no lo cruzamos completamente ya que en la plaza de la iglesia giramos a la derecha para seguir por el camino entre campos que veníamos transitando.
La montaña nos obliga de vez en cuando a una parada para admirar su grandiosa silueta recortando sobre el cielo. No nos caben las palabras en la boca para expresar lo que vemos y solo podemos utilizar esa expresión tan valenciana “che mira” para que cada uno saque sus propias conclusiones. Turballos será una bonita guinda en el camino.
La pedanía engalana sus casas y calles vestidas de piedra dando una uniformidad digna de admiración. Esa uniformidad que tantas veces hemos reclamado y que dotan a los pueblos, de personalidad y carácter, de fuerza y belleza, de majestuosidad y orgullo. Por si algo le faltaba, la limpieza y la tranquilidad le darán ese toque extra merecedor de nuestras más elevadas alabanzas.
Algunos detalles adornan sus fachadas y la oración “Càntic de les Criatures” en azulejo, junto a la puerta de la iglesia, son el colofón que le faltaba a esta visita.
Salimos de esta aldea preparándonos para la subida final. No tenemos muy claro el paso donde nos cruzaremos con la autovía, pues no sabemos si cuando se hizo este track que seguimos hoy, se grabó antes o después de terminada la autovía, y por tanto si habrá paso o no. Si no lo hay sabemos que antes o después lo encontraremos, el problema será el desnivel a salvar hasta entonces.
La antigua carretera nacional será nuestro camino a seguir. No encontramos tráfico alguno por estar fuera de servicio y subimos con tranquilidad una pendiente suave pero constante tal como todas las subidas de hoy. Pasamos bajo la autovía y seguimos subiendo. Arriba de este duro último repecho, vemos el paso sobre la autovía que tenemos que volver a pasar ahora por arriba. En la rotonda seguimos por el camino para llegar al inicio de una senda que se adentra en la montaña junto a un barranco. La senda no presenta dificultad para andar por ella, para ciclarla ya es otra cosa. El continuo rebote de la suspensión hace que no podamos conducir por donde nosotros queremos sino que es un poco la suerte de la trazada. El barranco a la derecha hace que una caída pueda resultar muy peligrosa, eso sin contar con el riesgo de un reventón en la rueda, cuestión por la que optamos por encarar este tramo con la bici de la mano y no jugárnosla más de lo necesario. Preguntamos a un senderista si podemos seguir el camino asfaltado hacia abajo en lugar de subir por esta senda y nos dice que no, que ese camino acaba en una cantera y que la senda es la única salida por aquí, que tan solo es un kilómetro o poco más de subida hasta conectar con el camino. La senda sigue el curso del barranco pasando por la font de Fontanares, donde sale otra senda de subida al pico Benicadell.
Seguimos cargando la bici hasta enlazar con el camino. Allí está el nevero y el corral de Diego, una ruina de un antiguo caserón. Una triple bifurcación nos hace dudar de qué camino tomar. Dos de ellos está claro que no son: el del frente seguiría hasta la cruz desde donde disfrutamos de las enormes vistas sobre la font Freda y la vall d’Albaida esta mañana. A la derecha se sube hacia la cresta de la montaña pero sin pasar por la cumbre. A la izquierda el camino es un pedregal que remonta una ladera y que nos desanima un poco. Sin embargo algo escondido a la izquierda está el camino que debemos tomar. Desde aquí ya es todo hacia abajo pasando por diversos y curiosos palomares que salpican el camino. En el nevero nacía un barranco que ahora seguimos de bajada por la vertiente sur y que esta mañana remontamos por el norte. La bajada se hace más pronunciada y el camino se estropea bajo los neumáticos con piedra suelta y bancales de tierra así como algunas roderas como pozos que cruzan el camino y que a punto están de jugarnos una mala pasada. La velocidad que aquí no podemos conseguir la ganaremos en un pequeño tramo de asfalto que llegará hasta la entrada del pueblo, donde llegamos al parque junto al que hemos aparcado y donde decidimos comer, y con ello, cerrar una ruta que hacía tiempo que se resistía pero que gracias a esos aplazamientos hemos podido completar todo el grupo, no hay mal que por bien no venga.
Unimos por fin las manos todos juntos y gritamos más fuerte que nunca… Roda i Pedal. Aunque mi pensamiento está en otro sitio, mucho más arriba. Hasta el año que viene.




sábado, 1 de octubre de 2011

Barranc dels Horts-Ares del Maestrat

"Él había juzgado que este país se estaba mueriendo porque le faltaban árboles. Añadió entonces que no teniendo nada más importante que hacer había tomado la resolución de poner remedio a este estado de las cosas".
Fragmento de -El Hombre que Plantaba Árboles- de Jean Giono

Os adjuntamos este precioso cuento: http://www.pinetum.org/GionoES.htm

y la versión animada:



Pero vamos a contar como nos ha ido esta interesante ruta.



No estamos teniendo mucha suerte este año con las salidas de día completo de los sábados, pues las condiciones climáticas entre otros avatares, están marcando e incluso arruinando algunas de estas rutas a lo largo de este año.
Esta salida nos tuvo contra las cuerdas hasta bien entrado el viernes, sin embargo, a última hora y basándonos en nuestra experiencia meteorológica y en las previsiones, nos arriesgamos a realizar el viaje con la idea de que si salía mal, al menos aprovechar el viaje para almorzar bajo la lluvia en Ares. Pero finalmente no fue así y volvimos a acertar con la predicción, no sin haber tenido durante la noche una ardua e intensa negociación con el Dios de la lluvia en cualquiera de sus múltiples representaciones en cualquiera de las distintas mitologías (para que no se enfadase ninguno); y el sábado amaneció un día despejado pero con grandes cúmulos de nubes de evolución a lo lejos, cuyo aspecto no dejaba de ponernos el corazón con una dosis de intranquilidad durante el viaje, pero allá que íbamos.

Una vez más camino de Castellón, de La Pobla Tornesa (por tercera vez este año) y allí dirección a Ares del Maestrat. Antes de llegar localizamos la entrada al “Barranc del Horts” donde dejamos el coche y el remolque junto a la caseta del guarda y la puerta que cierra el paso a esta finca privada.
En este enlace encontrareis información del paraje que se nos presenta y de donde solicitar los permisos, cuestión del todo necesaria para que se permita la entrada a la finca a cualquier visitante:
http://www.senderosvalencianos.es/articulos/barranc_horts.php
A casi 700 metros de altitud una ligera brisa en un día en el que el Sol danza continuamente con las nubes nos hace, a los menos calurosos, buscar la protección de una manguita entre el viento y nuestra piel. Durante los estiramientos la caricia de los rayos solares y su rápida retirada nos reafirma en esta decisión, otros en cambio dan gracias por el fresquito mañanero que nos envuelve.
Tras entregar el permiso al vigilante de la entrada, se nos abre la puerta que nos conducirá a un mundo de fascinante belleza. Comenzamos a rodar por un camino en buen estado, vegetación de monte bajo tachonada, aquí y allá, de carrascas principalmente y algún roble.


Casi enseguida llegamos al cauce del Barranc dels Horts. Poco a poco nos vamos sumergiendo en un paisaje extraño para nosotros tan acostumbrados a la omnipresencia de los pinos allá en nuestro hábitat natural de pedaleo.
El paisaje, que ya había dejado alguna pincelada de su encanto, nos golpea de repente con todo el peso de su grandiosidad. Es el primer cambio drástico de paisaje. La vista se pierde entre una maraña de árboles de gran tamaño que identificamos como robles y carrascas.
Al otro lado del barranco la línea de flotación de la montaña la compone una barrera de árboles que casi se corta a tijera a una determinada altura pero, que hacia abajo, se une, en el fondo del barranco, con la simetría que se dibuja en este lado del torrente.
Casi sin darnos cuenta nos adentramos en este enjambre de ramas retorcidas. Pasamos a formar parte integrante de esta vorágine de vegetación en constante crecimiento que esparce sus semillas bajo nuestras ruedas. El Sol, oculto tras el alto de Orenga que se yergue a nuestra derecha, envía una luz difusa que marca los contrastes de los infinitos tonos de verdes que nos rodean. El camino empieza a subir de forma más contundente que desde la entrada a la finca. Ahora la subida serpentea entre curvas de herradura y el cemento se pone bajo nuestras ruedas para hacernos recordar lo que eso significa. El calor pronto se apodera de nosotros por el esfuerzo, pero la sombra de la montaña aún no nos obliga a quitarnos la manga a los que decidimos agregarla a nuestra piel, pero sí a refrigerar un poco los brazos y abrir la cremallera del maillot, avanzamos con todo el desarrollo puesto y obligados a tirar de molinillo mientras sea posible, y cuando se acaba el fuelle a arrastrar la pedalada a cada vuelta de biela. Vamos controlando pulsaciones en la subida y aprovechado en cada parada fotográfica para ir recuperando el aliento. Cada árbol requiere nuestra atención y es que no es para menos, pues cada curva nos asoma más al precipicio que nace a nuestros pies. Enseguida llegamos a la fuente donde nace el sendero hacia el “Roure Gross”, hermoso ejemplar que nadie que pase por este lugar debe dejar de visitar y rendirle pleitesía.
Dejamos las bicis en el sendero y hacemos a pie los escasos 100 metros que nos separan de esta obra maestra de la naturaleza, de esta joya viviente de la arquitectura, de este árbol monumental que nos deja boquiabiertos y nos hace reverenciar su presencia. Nos acercamos a él con la precaución y el respeto de estar ante un anciano de más de 700 años y lo abrazamos con cariño.
Su ajada piel no nos recibe con tanto interés y benevolencia como su sabia herencia del recuerdo, aquella que sabe que no estamos aquí para hacerle daño sino todo lo contrario. Durante casi media hora lo admiramos desde todas las perspectivas que se nos ocurren mientras, atentos, escuchamos su historia y nos perpetuamos alegres en forma de bits junto a su tronco. Pero hemos de seguir camino. Retornamos por el sendero hasta las bicis y hasta la fuente para seguir ascendiendo un tramo mucho más suave. Llegamos a la puerta de la masía, será la primera (pero no la última) de una larga serie de puertas y vallados que hay que cerrar después de pasar para evitar que se escape el abundante ganado vacuno que nos encontramos al paso. Vemos abajo la casa restaurada y seguimos adelante en otro tramo de subida dura. El paisaje vuelve a cambiar de forma radical. Ahora son las sabinas enanas las que llenan el paisaje con su característica forma de pequeños hombrecillos plantados en mitad del bosque, ladera arriba, hasta perderse de vista. Agradecemos la capa de asfalto bajo nuestras ruedas pues estos desniveles por terreno pedregoso serían de una dureza extrema. Llegamos arriba de la ladera para girar a la izquierda y llanear por la cumbre en dirección norte. A nuestra derecha un enorme precipicio se despeña casi 300 metros hacia el fondo del barranco de la Belluga que luego admiraremos en profundidad. Cresteamos por la planicie sin obtener vistas limpias en la lejanía debido a lo brumoso del día, que no acaba de decidirse, indecisión que de momento nos está beneficiando, pero a cambio la bruma nos ha robado unas magníficas vistas del mar, de la costa y de las Columbretes.
Pasamos otra puerta que nos indica que estamos en la reserva de caza la Marina. A nuestra izquierda el Mas de la Belladona. Con estas vistas y el inicio de la bajada ante nosotros, decidimos que es un buen lugar donde parar a almorzar. Las vacas pastan a lo lejos los últimos brotes tiernos que pueden encontrar tras tanto tiempo sin llover, hoy tampoco será un buen día para ellas, al contrario que para nosotros. Rebuscamos en nuestras mochilas para encontrar nuestros peculiares brotes tiernos regados con zumo de cebada enlatada y fresquita.
El mejor sonido del mundo llena por tres veces nuestro particular paraíso ajeno al de las vacas, que porqué no decirlo, en estos momentos las vemos más que vacas como filetes de mayor o menos grosor según el hambre que cada uno atenaza. Almorzamos a la sombra de un pequeño grupo de árboles en un prado admirando a lo lejos las extrañas criaturas “pradas” que pastan en los prados. Cosas nuestras con las que amenizar tantas horas como pasamos al año delante de un bocata y su inseparable cerveza; es difícil entender lo uno sin lo otro, y no hago referencia solo al bocata y la cerveza, jeje. Terminado el ágape nos ponemos en marcha. En este momento oímos aquello de “Houston tenemos un problema” o mejor dicho, chicos tengo una avería… es la frase lapidaria que nos suelta Salva cuando volvemos a montar en las burras… pero que nos cunda el pánico, nos advierte para tranquilizarnos; por fortuna es la mejor avería que se podía presentar hoy. La palanca del desviador se ha quedado bloqueada y la cadena se empecina en no salir del plato pequeño: eso le permite subir cómodo y bajar bien, otra cuestión será llanear, pero como hoy de eso casi no vamos a tener no es para preocuparse, así que nos disponemos a iniciar la primera bajada. El camino ya no es asfalto, por lo ya estamos otra vez en nuestro terreno preferido. Buen camino que se dirige hacia la masía que teníamos enfrente en el almuerzo, casi cuando lleguemos a ella la dejaremos a la izquierda para adentrarnos por un sendero entre lindes de piedra hacia la bajada al barranco. El camino se torna senda y esta casi desaparece bajo nosotros como por arte de magia, aproximadamente entre el kilómetro 9 de recorrido y hasta llegar al 10. Los pedruscos y la afilada vegetación repleta de plantas con punzantes espinas, constriñen la senda hasta hacerla, no totalmente intransitable a lomos de la bici, pero sí más que complicada y técnica a lo largo de los próximos mil metros.
El calor aprieta y es hora de deshacerse de la camiseta extra que nos protegía esta mañana. Como no somos muy de trialeras (aunque a esto no puede llamársele trialera, sobre todo por los tramos en los que el sendero es del todo inexistente) optamos por la solución más lógica a nuestra técnica y pocas ganas de arriesgarnos a una caída tonta, o a dejarnos literalmente la piel en las espinas de los arbustos. Así que decidimos bajarnos de las bicis y a empujarlas a una rueda delante de nosotros. Los más atrevidos y virtuosos seguro que podrán ciclar la mayor parte de esta senda (o mal llamada trialera) que, desde luego a nosotros no nos dejo buen sabor de boca, eso sí, al menos el paisaje es digno de admiración y no hay que ponerle ninguna pega.
Descendemos lentamente hacia el fondo del barranco entre un tupido bosque de carrascas. Los robles ya los dejamos atrás en su inmensa mayoría y nos encontramos con el tercer cambio radical de paisaje.
Desde abajo la magnitud de las montañas impresiona y deja ver las franjas de color que alternan la piedra y la vegetación. Ya tenemos delante, arriba nuestro y sobre la muela, en lo más alto, el Más de la Belluga, encumbrado sobre la atalaya que parece inexpugnable. Nos toca remontar otra vez tras acabar el tedioso descenso, cruzar la rambla, que será complicado después de las lluvias, y ascender hasta la carreterita.
Ya de nuevo sobre el asfalto los porcentajes no engañan. La subida es brutal pero, por fortuna otra vez, el firme de alquitrán nos ayudará en su ataque, aunque nos obliga a volcar el cuerpo en la rueda delantera para intentar empujar las máquinas y con ellas nuestro cuerpo. Las pedaladas lentas pero constantes se suceden, y arrastrando toda la multiplicación de subida casi no son suficientes para darnos una digna velocidad de ascenso. Pero todo se acaba y este calvario no va a ser menos.
Llegamos al desvío de la masía que dejamos a la derecha y entramos en una carretera con un firme en muchas mejores condiciones, aunque no representa ninguna diferencia para nosotros. El camino no ha terminado aún de subir, pero sí el brutal desnivel que presentaba hace un momento. Seguimos subiendo unas rampas que, sin quererlo, te ponen en tu sitio, aunque en estos momentos nos parecen unas vacaciones visto lo subido.
A la derecha, la montaña se precipita por una ladera empinada que muere en el valle que encauza, desde el inicio, al barranco de la Belluga.
Los lindes de los campos se levantan en piedra. Kilómetros y kilómetros de muros de piedra de inimaginable trabajo decoran estas praderas a lo largo de todo el paisaje que alcanza nuestra visión. A nuestra izquierda esa misma ladera sigue ascendiendo hasta más allá de los 1200 metros de altitud. En esas laderas el otoño ya parece asomar y empieza a instalar de nuevo su carrusel de colores. Árboles compitiendo por mostrar los coloridos más llamativos captan nuestra atención. A sus pies las cabras y ovejas pastan ajenas a tanta belleza como nosotros descubrimos a cada pedalada. Acabada la rampa vemos que la carretera se adentra en el altiplano y otro radical cambio de paisaje está a punto de producirse. El alto es un terreno casi yermo, solo cubierto, aparentemente, con vegetación rala y “coixinet de monja”, tantos que se pierden en la distancia.
Nos preparamos para la bajada que intuimos tener ahí delante. Esta llega casi sin avisar y nos lanza en un suave curveo por la desierta carretera sin ningún vehiculo de ningún tipo que nos moleste. Espectacular bajada en el que el lejano paisaje permite obtener una visión de conjunto sin tener que centrarse en ningún elemento concreto que nos distraiga de buscar la trazada. Con la posición aerodinámica en cuanto cogemos la aspiración del compañero de delante, parece que salimos como cohetes. Pasamos la Font de la Pinella sin tiempo para detenernos… solo un breve vistazo sobre la marcha para ver que tampoco hay porqué cortar la bajada para esta visita. Ya abajo tenemos que reprimir la inercia de la bajada exigiéndole a los frenos que cumplan con su obligación, a fin de poder tomar un camino a la izquierda que nos llevará primero junto a la masía de Blay, luego junto a la masía de Planet, pasando tan cerca de las enormes vacas que incluso tendremos que esperar que se muevan del camino para poder pasar. Luego empezamos otra subida bastante rota hacia el abandonado Mas de Vidal, cuya plaza empedrada a modo de era y un alto muro de piedra dotan este lugar de cierto encanto y parecido con una plaza fuerte.
Describimos después un giro con el camino para bordear las curvas de nivel que nos llevarán al otro lado del barranco de Vidal donde tendremos una bonita vista de este enclave culminando el zigzagueo del camino.
La subida se recrudece una vez más para acercarnos al alto de esta loma que conecta a la derecha con la subida a la mola de Ares, a la izquierda hacia lo alto de toda la cordillera que hemos ido bordeando, y que todo recto nos bajara por el camino hacia Ares. De haberlo sabido hubiéramos iniciado la subida a la mola, pero como no estaba prevista esta visita, no la habíamos estudiado en profundidad, pero la hora en que nos encontramos además del estómago nos hace desistir por democrática mayoría de su ascenso.
Pasamos por la fuente de Regatxolls con su refugio, lavadero y mesas de picnic. Un precioso enclave con unas vistas magnificas del pueblo y del barranc dels Molins, un sobrecogedor paisaje que llena la vista tanto como el corazón. Inacabable en su rotunda belleza.
http://www.3x4.info/el-maestrat/10394-el-barranc-dels-molins-de-ares-se-convierte-en-el-primer-bic-en-la-categoria-de-espacio-etnologico Sobresale, por encima de todo la inexpugnable Mola del Castillo empequeñeciendo todo el pueblo a sus pies. Nos planteamos nuevamente la conveniencia o no de subir a la muela de Ares por el camino que tenemos en los mapas una vez pasado el pueblo, así que decidimos no parar aquí a comer y seguir adelante. Antes de marcharnos unas cabras montesas se asoman desde lo alto y nos brindan la oportunidad de conocer algo mejor la fauna salvaje de la zona. Entramos al pueblo por este camino que se dirige hacia la plaza de la iglesia. Ya aquí la visita hasta la Mola es inevitable y esto nos plantea el dilema definitivo sobre la conveniencia o no de invertir más tiempo en llegar arriba y comer a las tantas. Al final la votación se impone y con toda nuestra pena se nos escapa un V.G. que no completará nuestro panel de fotos y piedras verticiales. Rodeamos toda la Mola decidiendo finalmente comer con vistas al barranco y los molinos que se apiñan más abajo. El silencio ha sido hasta el momento nuestro cuarto acompañante en toda la ruta, pues hasta el pueblo donde nos encontramos parece estar vacío ante la notoria ausencia de sonidos.
Tras reponer fuerzas y aprovechando la coyuntura, el café de hoy toca tomárselo en el bar de la plaza, mientras rebuscamos en algún rincón secreto las ganas de ponernos nuevamente en marcha. Menos mal que todo lo que queda es cuesta abajo, excepto los dos últimos kilómetros de llaneo que esperamos hacer aún con algo de inercia. A regañadientes, por lo bien que se está aquí después de comer, salimos del pueblo para buscar la última instantánea antes de encontrarnos de lleno con los más de 600 metros de desnivel que nos esperan y que nos merendaremos en un plis plas. Lo malo es que la bajada es pura y dura carretera. La cuestión es que no cabe otra alternativa, así que para adelante sin excusas y aunque con precaución, la diversión parece asegurada.
Empieza la fiesta y el asfalto se agarra a las ruedas que da gusto, cuestión que nos permite lanzarnos con mayor seguridad. Las curvas en herradura se suceden y nos obligan a exprimir frenos a la entrada de las mismas. Tan rápido vamos que llevamos detrás un coche que no puede adelantarnos, también hay que decir que en ningún momento intentó un adelantamiento forzado y prefirió esperar una situación clara de adelantamiento; un hurra por el conductor que demuestra que aún queda gente con la cabeza bien puesta.
Ya abajo, la parte de llaneo se hace cuesta arriba como era de esperar para Salva, que parece un ventilador más que un ciclista. El plato pequeño está que echa chispas, por lo que le instamos a que se ponga a rueda y minimizar así el esfuerzo de pedaleo manteniendo una buena velocidad, aún así la clase de spinning está servida. Finalmente llegamos al desvío donde nos aguarda el coche 42 kilómetros después y otro buen montón de recuerdos, más de 200 imágenes y un sinfín de anécdotas que recordar. Otra ruta inolvidable descansa ya en el abultado zurrón de Roda i Pedal.
Hasta la otra.





sábado, 25 de junio de 2011

Desert de les Palmes


“Y CUANDO YO SEA ELEVADO SOBRE LA TIERRA ATRAERE A TODOS HACIA MI”. Inscripción en la cruz del Bartolo

Por fin culminábamos una ruta que se resistía una y otra vez, dado que la programación con los sábados libres coincidía irremisiblemente con nefastas previsiones meteorológicas. Este mes, por fin, conseguíamos poner rueda en el Pico Bartolo.
Una vez más echamos mano de una de las rutas de Alfonso Pitarque al que le agradecemos todos y cada uno de los recorridos que nos pone en bandeja.
Iniciábamos ruta desde el parking de La Pobla Tornesa, un tranquilo pueblecito de la Plana Alta cuyas envidiables vistas a las montañas son un deleite para cualquier persona.
Hace escasamente un mes pasábamos por aquí camino de Vistabella y poníamos el ojo en la cumbre del Monte Bartolo desde la CV 10, hoy desde el parking del pueblo, y mientras hacíamos los estiramientos de rigor, veíamos nuestro objetivo allá arriba, cimentado sobre un enorme pinar que cubre toda la falda norte de la montaña.
Salimos del pueblo para cruzar bajo la autovía y coger la pista que se adentra en la pinada. Enseguida el terreno pica hacia arriba, de forma suave pero constante. La gravilla suelta se torna en pequeñas trampas que intentan aprisionar las ruedas y nos exige un esfuerzo extra para rodar sobre esta superficie movediza.


El sol que castiga ya de buena mañana desde lo alto no nos lo pone fácil tampoco, y el sudor se nos escapa de los poros como pequeños ríos de agua salada en el que los ojos serán los mayores damnificados. Vamos buscando los pasos bajo las sombras de los pinos para obtener una inexistente protección solar, pero la batalla mental la ganamos en cada sombra del camino que al menos en este primer tramo de subidas son generosas. Las fotos tardan en llegar más de lo deseado, ya que la posición del Sol eclipsa toda posibilidad de captar algo con la “nikoleta”, aún así lo vamos intentando. Seguimos subiendo a ritmo, controlando las pulsaciones, la respiración y la cadencia. Vemos grupos de bikers bajar mientras nosotros subimos, siempre la misma historia.Estamos fascinados con una pinada que al menos yo no esperaba para nada tan exuberante y abundante como es. El nombre de “Desierto de las Palmas” no es porque esto fuera o sea un desierto propiamente dicho, la denominación se debe a la histórica denominación de los monasterios carmelitas, que buscaban lugares aislados y solitarios en sus retiros espirituales y que encontraron aquí, y las palmas son las palmeras y palmitos endémicos de la zona, que dan el nombre de este emblemático parque natural, aunque hasta el momento no hemos visto ninguna palmera (que no palmitos), y veremos pocas en toda esta vertiente, pero eso cambiará en la parte orientada al mar. Seguimos pedaleando sin aparente esfuerzo y con ello vamos ganando altura, aunque el ascenso nos ofrece de momento poca o más bien mala visión en un día caluroso marcado por la calima, y que poco a poco va cerrando el cielo poniendo una vaporosa protección entre nosotros y los rayos solares. Y como no hay mal que por bien no venga, esta circunstancia nos alivia a la par que nos anima a seguir subiendo.
Llegamos al llano, al Coll de la Mola, y con él al final de esta primera parte de la subida. Un pequeño descenso nos llevará al desvío a la izquierda que retomará la subida hacia el pico Bartolo, cuyo pico vemos de frente a la subida, inconfundible con su mar de antenas que afean sobremanera la silueta de la grandiosa montaña.
Hacemos varias paradas para admirar el paisaje cercano, un laberinto de caminos que ondulan y se retuercen con la montaña, salvando los barrancos y desniveles que dicta la rojiza roca de esta cordillera. Encaramos una zona de terreno descarnado como si nos quisiera recordar que esto es rodeno, que la meteorización de la piedra aquí hace estragos y que si quieres subir lo tienes que pagar a golpe de riñón en cada pedalada. No es un tramo ni muy largo ni demasiado exigente, solo lo justito para recordar quien manda aquí. Tras una curva llegamos al asfalto, a la carretera que sube hasta la cima y desde donde obtenemos la primera visión del monasterio justo debajo de nosotros. Un edificio enorme de tejados a diferentes alturas que aún magnifica más la moderna construcción, a su izquierda el antiguo monasterio conserva las paredes y poco más de lo que fue la primitiva ubicación de la orden monástica allá por 1697, casi 100 años después las intensas lluvias y posteriores corrimientos de tierra obligaron a sus moradores al traslado a su actual emplazamiento. Entre ambos se levanta un restaurante y un parking para dar cabida al creciente negocio del turismo, una gran fuente de ingresos que se empeña en cambiar el “desierto” por masificación sin espacio para el silencio y la meditación; aquí prima el griterío y el ruido de coches o móviles, de Tweets que destruyen la privacidad y el anonimato y que nos convierten a todos en “paparazzis” del momento; quizá no esté tan alejado de lo que es este blog, o quizá sea radicalmente distinta la forma de vivir una experiencia para luego contarla. Sea como sea, la postal que tenemos ante nosotros es digna de contemplación. Más a la izquierda las Agujas de Santa Águeda elevan sus escarpadas cumbres rojizas en forma de picos de sierra o dientes de tiburón como me recuerdan a mí.
La vista se clava inevitablemente en la cumbre de la montaña que tenemos que subir y en la enorme cruz que se alza pegada a la carretera que sube, así que allá que vamos.
Aquí la pendiente no da tregua y sube un grado por cada pedalada que damos, o al menos eso nos parece. Todo bloqueado y todo metido, ya no podemos desmultiplicar más la pedalada, ya no tenemos más ayuda artificial, aquí es la montaña contra nuestras fuerzas. El barranco a nuestra derecha es tremendo y marca en nuestras retinas un precioso paisaje de montaña y de mar. Llegamos por fin a la cruz; inmensa y colosal se eleva como queriendo tocar el cielo, el símbolo y el mismo fin casi unidos.

Unas cuantas fotos después encaramos la última rampa al más puro estilo Montdúver. Pedaleamos sentados, volcando el peso en la rueda delantera y pedaleando para ganar una cumbre más, otro pico que marcar en el sillín, o en nuestras tibias como bien recordamos cuando miramos nuestras piernas. Esperamos a que el grupo de bikers que hay arriba nos deje sitio en la sombra donde poder almorzar y reponer fuerzas. Lo haremos disfrutando como siempre de la cerveza aún fresquita y de la brisa que se mueve por esta altitud. El tránsito de bikers y senderistas es constante por esta cumbre, por lo que vemos el respeto por el entorno también, cosa que nos alegra sobremanera.
La ermita de San Miguel se levanta entre las antenas y los edificios que albergan mil y un aparatos y parabólicas, el vértice geodésico está sobre una columna de varios metros de altura y, una de las más altas que hemos visto, la escalinata de hierro podrido no aconseja encaramarse a lo alto, así que, una foto desde abajo y la piedra verticial serán todo el recuerdo de esta señal. Tras el almuerzo (hoy no hay café), nos disponemos a bajar desbloqueando las suspensiones y advirtiéndonos del peligro de este descomunal desnivel. La rampa nos engulle obligándonos a tirar de freno con urgencia y potencia. Aun así es difícil sujetar la bici y nosotros somos como muñecos zarandeados por fuerzas que ni siquiera vemos, los vierte aguas nos hacen saltar sobre el cementado firme con el típico ruido de frenado trasero, luego una cerrada curva a la derecha y volvemos a la tierra roja que pronto marcará el final de este tramo de bajada y nos encaminará hacia el desvío que sube al observatorio forestal. Otra rampa de cemento para subir esta tachuela, vistas similares que sin embargo nos hará ver el desnivel que hemos bajado en pocos metros y sobre todo nos permite ver el enredo de antenas y artilugios varios que como hemos comentado, atestan y envilecen la cumbre de la montaña.
Queremos poner tierra de por medio lo antes posible y para ello nada mejor que una bajada descomunal como la que tenemos por delante hasta la ermita de Les Santes. Llegamos al cruce y lo tomamos a la derecha para continuar con la bajada. La ladera se desploma a nuestra derecha hasta el valle que nos separa de la cordillera de las Agujas de Santa Águeda, el camino se pega casi a la cresta de la montaña y baja rápido pero sin desniveles portentosos. El firme mejora y nos da seguridad para alcanzar buenas velocidades. Tenemos que rodear todo el barranco y llegar a la cresta de la Sufera, una montaña con una muesca característica que nos permitirá ver después unas curiosas formaciones rocosas que hemos bautizado como “dados” por su similitud con esta figura geométrica de seis caras. Desde allí tendremos buena vista sobre las Agujas y después iniciaremos otro tramo de bajada hacia Les Santes.
Volvemos a la parte norte de la sierra y por lo tanto, volvemos a internarnos en el bosque. La pendiente de este lado es más pronunciada y en alguna curva las bicis se negarán a parar con la celeridad que se les exige, y habrá que meterles freno “de valent” para que entren en razón. Pino rodeno en su gran mayoría aunque también hemos podido ver algunas carrascas y otras especies en el enclave de la ermita.
Llegamos al paraje de la ermita y nos quedamos atónitos ante la serena belleza del conjunto arquitectónico rematado por la cubierta vegetal que da sombra y refresca el ambiente; la fuente y las balsas ayudan a ello y enfatizan el pintoresco entorno. Este ermitorio está enclavado en el barranco del mismo nombre, y fue construido como lugar de culto y peregrinaje consagrado a les santes Llúcia y Àgueda en la misma época en que Galileo construía su primer telescopio a principios del siglo XVII.
Tras la visita a tan encantador lugar, recargamos las mochilas de agua fresca de la fuente y emprendemos el último tramo de bajada ya por asfalto. Llegamos a la carretera de Cabanes a Oropesa y giramos a la derecha en suave descenso, un poco después salimos a la derecha por la carreterita del fondo del valle, junto al barranco de Miravet, entre las dos sierras: Las Agujas a nuestra izquierda y la Serra de Les Santes a la derecha. Remontamos el barranco y el camino.
El Sol finalmente ha vencido a la bruma y castiga de lo lindo, el descenso de la velocidad en las zonas donde asciende el camino ralentiza el paso del viento sobre nuestra acalorada piel y no refrigeramos al ritmo que nos gustaría, consecuencia por la que el calor es un lastre más que arrastrar cuesta arriba, y para algunos es el lastre más pesado. Toda esta zona es la que alberga mayor cantidad de palmito junto al camino. La font Tallada será un oasis en medio del desierto, y nunca mejor dicho. Las fotos de las formaciones rocosas a nuestra izquierda se suceden y llenan memoria digital a pasos agigantados. El tramo final de este camino es una larga recta casi abovedada de vegetación que nos deja en la carretera que sube desde Benicassim, la CV 147. Giro a la derecha y seguimos subiendo. Volvemos a ver el monasterio en la ladera de enfrente por encima de nosotros. Llegamos a un mirador que nos regala bonitas vistas sobre el mar, el pico Bartolo, el monasterio y el castillo de Montornés. Luego llegaremos a la parte donde se agrupan la mayoría de las ermitas de la zona, lástima que estén no solo cerradas sino valladas y no se puedan visitar, al menos por fuera para ver la arquitectura de las mismas, pero con la barbarie que nos invade no es de extrañar. Tan solo la de San José al pie de la carretera permite tal vista. Hay allí una fuente y zona de sombra donde poder descansar un rato. Más adelante un mirador se abre como balcón al mar. La difusa costa se desdibuja por la bruma y el Mediterráneo se adivina inmenso tras el blanquecino velo. Me permito una corrección: ni difusa, ni costa. Las siluetas de los edificios, casi rascacielos, se recortan perfectamente en silueta como almenas de castillos contra la mancha de agua y apenas deja ver la arena de las playas ni la línea de costa, reventando así el incalculable patrimonio de todos vendido al mejor postor en esta subasta inmobiliaria que azota la costa mediterránea desde que se descubrió el lucrativo negocio del turismo. Este es, como no, el momento protesta de hoy. Tú sigue vendiendo que nosotros seguiremos protestando, que para lo que nos va a servir…
Llegamos al monasterio y nos adentramos, en silencio, respetando al máximo el lugar de oración y centro espiritual en el que nos encontramos, por la verja para llegar, entre las estaciones de penitencia, a la entrada del monasterio.
Un par de grandes paneles cuentan resumidamente la historia del lugar a sus visitantes, los fotografiaremos para leerlos en casa con calma. Poco más que visitar ya que está cerrado y ni se nos ocurre llamar. Volvemos atrás para ir hasta el restaurante y buscar un sitio donde comer. Encontramos un mirador bajo la pinada al fondo del parking que cumple perfectamente la función deseada.
Comeremos resguardados por la sombra de la pinada y con el telón de fondo del mar. Benicassim asoma entre las montañas que lo enmarcan, curiosamente, o no tanto para nosotros, la cámara de fotos ha ido rodando de mano en mano pero nadie le ha hecho ni una foto al bosque de columnas de hormigón y acero.
Nos llama la atención la carretera que sube y serpentea por la montaña y que conserva grupos de pinos aquí y allá que milagrosamente se salvaron de los incendios que periódicamente asolan esta sierra. Si pasáramos aquí la noche, mañana podríamos ver desde este lugar privilegiado el campeonato de España de ciclismo en ruta, con los Contador, Samu Sánchez, Luis León, etc. entre otros, pero su lugar intentaremos emularlos en una pequeña parte de la bajada.
El ansiado café después de comer lo dejamos para mejor ocasión; el griterío procedente del bar a poco menos de un centenar de metros de donde estamos es tan atronador que nos quita las ganas de cafeína y decidimos continuar la ruta sin más dilación intentando huir de tan mundanal sonido.
Reenganchamos con la carretera y giramos a la izquierda para volver a pasar por delante del monasterio. Seguimos viaje y comenzamos una bajada rápida y segura por asfalto, sin coches a estas horas del mediodía que nos supongan riesgo alguno. Pronto nos desviamos hacia un camino a la derecha que se divide y volvemos a coger, como no, el que sube. Un camino cuyo firme de grava gruesa y suelta dificulta sobremanera la tarea de pedalear y mantener el equilibrio. Nos lo tomamos con calma pues aún nos asoman migas del bocata por la comisura de los labios. Bebemos cada pocas pedaladas para intentar refrescarnos del sofocante calor, pero automáticamente sudamos lo que bebemos. Así llegamos a una sombra con una visión increíble del castillo de Montornés, más que la vista lo que realmente nos obliga a parar es el descenso térmico que encontramos en esa sombra. Pasa hacia arriba un todo terreno “de mantenimiento” y ¡olé sus “güevos”! si pudiera ir más rápido seguro que lo haría; la polvareda y las piedras que despida o si se lleva a alguien por delante en una curva da igual, seguramente será un senderista o una bici y como son más pequeños que él… es lo que debe pensar su bárbaro conductor.
Esperamos un poco mientras se asienta la polvareda y aprovechando el parón. Oteamos a lo lejos en busca del planetario de Castellón, intentamos ubicarnos e incluso creemos localizar nuestro objetivo. Vale, aceptaremos “ese edificio blanco detrás del parque” como planetario de Castellón. Volvemos a pedalear con la mirada puesta en la siguiente sombra, y luego en la otra de más allá. El reto es llegar a la siguiente sombra y pasar bajo ella, y así hasta el final de la subida que vemos lejos, muy lejos allá arriba.
A estas horas, ni los pájaros se atreven a sobrevolar la zona con la que está cayendo, y en fila india buscamos la mejor trazada por dónde meter la rueda y avanzar, momento en el que la pantalla del GPS nos muestra la trazada del camino de ida, eso significa que ya cerramos el círculo y por lo tanto que la subida se acaba y enlazaremos con el camino de bajada. Con ese único pensamiento en nuestros cerebros, coronamos la ladera sur y llegamos al Coll de la Mola, donde paramos bajo una sombra a cambiar sensaciones de esta terriblemente calurosa subida.
Solo nos quedará bajar, eso si, con precaución por la gravilla del firme pero exigiéndole un puntito de emoción al camino, (que menos) eso sí rezando de que no vuelva el loco del coche. Cogemos inercia y nos dejamos ir adoptando una posición aerodinámica sobre la bici, cargando peso en la rueda delantera para darle impulso. Pronto tenemos que empezar a actuar sobre los frenos pues la velocidad se eleva conforme descendemos. Golpes de cadera para recolocar la bici por su sitio y apuradas de frenada para no entrar locos en las trampas de grava del camino que nos imposibilitaría controlar la bici a la velocidad que bajamos. Curva a curva nos acabamos la bajada y sabemos que esto toca a su fin. Nos adentramos en el pueblo por el mismo túnel por el que salimos y llegamos al coche para juntar las manos como de costumbre al final de otra ruta memorable escrita a fuego en nuestra piel y que será digna de recuerdo, pero por si acaso aquí quedará esta crónica y las fotos, como un banco de recuerdos para decirnos que un día estuvimos allí. Hasta la próxima.





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