sábado, 18 de diciembre de 2010

Crónica Serra d´Irta

“Cuando el universo jugó a crear el mundo, mezcló en una coctelera el mar y la montaña… y salió La Serra D’Irta”. Roda i Pedal

"Si todo sobre la tierra fuera racional, no sucederia nada". Dostoyevsky

Estos días no salimos de una para meternos en otra, tanto de rutas como de crónicas. Y es que voy con retraso en esto de poner al día la bitácora con la que en los años venideros recordaremos estos alegres momentos de plácido y duro, pero siempre divertido pedaleo. Con la euforia aún no del todo digerida de la ruta por La Serra d'Espadán, nos metemos este sábado otro rutón de los que no decepcionan, que digo… sin más, la hemos denominado como la mejor ruta del año, y cuidadito con las mejores de otros años que igual le saca los colores a alguna que se lo tuviera muy creído.
La ruta inicialmente planificada se modificó esta última semana para incluir una visita que no podíamos dejar pasar por alto. Eso le dio un punto de emoción y una subida a la altura de la ruta que mejoró todo el conjunto hasta hacernos gozar de lo lindo. Pero vamos desde el principio.

Otro madrugón y salimos de casa calcando el proceso de la semana pasada. Misma hora, mismos componentes de la expedición, mismo camino hasta que en Sagunto continuamos por la AP 7 hacia Alcossebre. El día se va desperezando poco a poco de la oscuridad que nos acompañaba a la salida. Las nubes dispersas se van abriendo empujadas por un viento que no se deja notar a ras del suelo pero que en altitud se muestra poderoso. El camino sirve para ir poniéndonos al día de la semana. Ellos aún trabajando han utilizado los excelentes recuerdos del sábado para apoyarse en ellos como un “Ommmmmmmm” en los momentos difíciles de la jornada. Yo ni siquiera tengo tiempo de eso metido en otras aventuras que ya relataré en otro momento y lugar. También nos sirve el trayecto para ponernos al día de la última hora de mi padre que ayer nos dio un susto y que a estas horas está en el hospital. Pero el abuelo que está hecho un toro seguro que nos tiene que contar aún muchas historias. Así que esta ruta va por él.

Las precisas instrucciones de la “martita grande” nos llevan al punto de inicio en la playa de Alcossebre, donde el frío matinal a orilla del mar penetra hasta los aún dormidos huesos.
Empezamos a pedalear junto al mar. Vamos acercándonos al puerto y pasamos junto al pueblo de pescadores, que ahora parece una versión reducida de las urbanizaciones de Miami con su pequeño embarcadero delante de la terraza de casa, nada que ver con la antigua esencia de estos pueblos que se desperdigaban por toda la costa mediterránea. Alcanzamos el paseo marítimo y nos movemos por él admirando la playa, donde un grupo de gaviotas espera sobre la arena no sabemos bien qué.
Siempre en la misma dirección dejamos atrás las últimas casas en la urbanización y nos adentramos por un camino de tierra en plena sierra. Los arbustos típicos del monte bajo y los árboles enseguida nos guían a través del creciente bosque que delimita el camino. Esto se dirige hacia el camping Ribamar y luego sigue entre el tupido bosque. La montaña a nuestra izquierda va creciendo en perspectiva conforme nos acercamos a ella, a la derecha el mar le sirve de espejo donde poder mirarse mientras se adentra hasta los confines del horizonte. Esta visión no se prolonga mucho tiempo: los restos de un incendio ponen ante nuestros ojos una zona de bosque calcinado, la negrura del incendio contrasta sobre manera con la fuerza vital del verde que tiñe las pequeñas plantas que intentan ocultar tanta desolación, tanto daño, tanta infinita tristeza. El bosque parece querer pasar página y nosotros con él.
Pedaleamos rápido para pasar esta zona muerta y llegamos a cala archilaga para luego volver a adentrarnos en el bosque. A partir de aquí el camino empieza a picar hacia arriba de forma suave. Pasamos algunas umbrías que nos refrescan del calorcito que el sol pone sobre nuestras espaldas. Lo fresco del día y la humedad a orillas del mar han dejado una sensación térmica que invita a dar pedales para entrar en calor.
Iniciamos una larga subida con algunos tramos más propios de la ruta de la semana pasada por lo empinado de la pendiente. ¿Qué hemos hecho para merecer esto? nos preguntamos ante el despliegue de cortesía por parte del camino, que de repente nos ha metido rampa. Además, las subidas no están en tan buen estado como la parte llana del camino, lo dicho… intolerable. Pasamos el corral de Denteta, restos de antiguos corrales refugios de piedra y llegamos arriba de esta primera subida. La bajada nos dejará trazos paisajísticos difíciles de olvidar. Y un poco más allá la Font d´en Canes. Un precioso paraje donde hacer un alto y disfrutar de la tranquilidad del lugar.

Seguimos para llegar poco después a otra área recreativa con un singular refugio de piedra parecido a los “catxirulos” de la zona de Benaguacil y Cheste. Es una zona de sube y baja pero sin la crudeza de la subida anterior. Ahora es un pozo con lo que nos topamos, el Pou del Moro es otra pequeña joya en medio de estas montañas que se mantienen “vírgenes” o casi, de la explotación urbanística que azota la costa mediterránea.
Es el último reducto de la montaña ante el asfalto. De los árboles ante las fincas, del bosque ante la ciudad, del silencio ante el ruido, la paz ante el estrés, la vida, ese momento intimo y personal de vida ante el atropello de la monotonía de siempre, ante el ya está bien, no puedo más… necesito un momento de tranquilidad. Y aquí que la tenemos también nos la queremos cargar.
Vamos alucinando con los paisajes que nos deja la ruta. Luego llegamos a una vasta extensión de cultivo de oliveras. Creemos que son olivos todo lo que hay plantado aquí, tantos que pueden contarse por millares.
Conforme avanzamos pasamos por otros campos con olivos más grandes y pensamos que puede ser un vivero para trasplantarlos, o bien a otros campos para cultivo o bien como elementos ornamentales para jardines. Es la finca del Mas del Senyor, justo aquí, a los pies del barranco hay otra preciosa área de recreo.
Afrontamos la subida que nos dejara en la vertiente con vistas a Peñiscola. Estamos a una altitud de 190 metros y el panorama es impresionante. A nuestra derecha se eleva la antena de radar del SIVE junto al V.G. del Coll d’Inberri que no pudimos visitar finalmente por falta de tiempo.

Iniciamos una bajada que creíamos más corta y menos intensa, pero los desnivele subidos por la otra cara de la montaña han sido más importantes de lo que pensábamos. El buen estado del firme, aunque con algo de gravilla suelta, nos permite lanzarnos rápido hacia abajo de la montaña. Encontramos unos badenes a modo de toboganes que nos impulsan hacia arriba y nos hacen saltar como canguros. Abajo las sonrisas colman nuestras caras y comentamos que esta bajada, conociéndola mejor y dejándonos llevar sería una verdadera locura. Encontramos a un biker con algún problemilla mecánico y paramos a ayudar. En el impas le preguntamos por la ciclabilidad del camino entre la ermita de Sant Antoni y el castillo de Pulpis. Nos dice que es una trialera y que es de subida. Como no queremos trialeras, y menos de subida, descartamos el poder llegar hasta el castillo, esto nos da la excusa de poder planear otra ruta por la sierra. Continuamos para adentrarnos por una urbanización a la izquierda e iniciar el camino de subida hacia la ermita.
Cogemos el camino de la izquierda del barranco y empezamos a subir, suavemente al principio pero con la cruel rampa delante de los ojos. Dejamos atrás los esqueletos de unas urbanizaciones que parecen estar terminadas y ser un fantasma a la vez. Ni un rastro de vida ni de estar habitadas, dinero colgado de ladrillos y deteriorándose día a día, y lo que es peor: adentrándose en la montaña.
El camino empieza a recrudecer la pendiente y pronto llega el asfalto. Bueno parece asfalto pero las ruedas expulsan una película de partículas a su paso, esto lo veremos más y mejor en la bajada, por lo que decidimos que tiene que ser tierra prensada. El caso es que; entre el ancho del camino y la perfecta superficie por la que nos movemos, nos permitimos, como la semana pasada, zigzaguear por el camino y restarle algo de porcentaje a base de hacer unos pocos metros más de subida. Sin llegar a sacarnos de punto si que nos dispara, sin embargo, las pulsaciones de forma automática y permanente en toda la subida; cosa que hace más que aconsejable algunas paradas para disfrutar del paisaje y recuperar un poco el aliento. Cada puesta en marcha es un auténtico suplicio hasta que encontramos nuevamente el ritmo de pedaleo y las piernas se acostumbran de nuevo al exigente esfuerzo. Con todo el desarrollo de subida metido, y el peso volcado en el manillar vamos chepeando y empujando la bici a golpe de riñón. Vemos bajar algún coche y pensamos que es una locura, que la pendiente lo va a levantar de detrás y que va a volcar. ¿Si bajar es una locura que será subir? seguimos adelante para buscar la respuesta a la pregunta Continuamos a lo nuestro haciendo paradas fotográficas que nos dejarán postales inolvidables. Vemos a un grupo de senderistas subir la montaña por la senda del PRV 194 El numeroso grupo (calculamos a groso modo unos 50), llena tres tramos del camino, pero incluso un grupo tan grande empequeñece ante la magnitud de la montaña.
Cada pocos metros paramos para sugerirle a nuestro reportero gráfico una foto, un encuadre de tal o cual cosa. Pero él nos lleva la delantera y para cuando queremos decirle que haga la foto ya lleva unas cuantas disparadas. A este paso la cámara se quedará sin capacidad de procesar tanta información. Por fin llegamos arriba, la ermita de Sant Antoni a 320 metros sobre el nivel del mar será otra muesca en la tija, otra cumbre que nos ha conquistado para siempre por la dureza de la subida y el reto de superarnos a nosotros mismos.





















El sitio es mágico. Las vistas privilegiadas. La apoteosis del mar y la montaña. La grandiosidad de no tener que elegir, de tener y disfrutarlo todo. El conjunto arquitectónico es de una blanca y sosegada belleza. Es una mole de aristas duras suavizadas por el sentimiento de paz que destila por la brisa marina, por la dureza de la montaña, por el contraste de olores de pino salado y monte marino, por un campanario sin campana, por un ciprés solitario que se eleva torcido empujado por el viento, por la simpleza del lugar, por la poesía del momento.
No estamos solos, la placita tiene actividad. Un grupo de gente nos dicen que son del grupo de senderistas, se prepara para una fiesta de navidad con glühwein, o lo que es lo mismo en cristiano “vino caliente” para combatir las bajas temperaturas, como no hay cerveza decidimos que mejor nuestro ágape que si que tiene el preciado elemento. Aprovechamos parte de su decoración para incluirla en nuestro deseo de una Feliz Navidad que se prolongue todo el año, hasta la próxima Feliz Navidad, y que esa felicidad no sea un momento efímero en nuestras vidas.
Tras las fotos de rigor nos disponemos a almorzar. El grueso de las instantáneas las haremos con el estomago lleno para poder apreciar la arquitectura del lugar y las magnificas vistas sobre la costa y sobre Peñiscola, que eleva su castillo en medio de la pequeña península que es el centro urbano. Fascinados por el paisaje no nos moveríamos de aquí, pero como siempre el tiempo apremia y tenemos que volver.
Así que nos ponemos en posición de descenso y echamos de menos la cámara de vídeo que una semana más está en la base manteniendo la forma de la caja para que esta no se deforme. Cogemos velocidad rápidamente y los ojos comienzan a lagrimear. Poco nos importa pues ya hemos aprendido a localizar el camino bueno entre las posibles alternativas que nos ofrecen las lágrimas. De pie sobre los pedales, con el manillar firmemente cogido y con el dedo corazón en las manetas de freno para quitarle caballos a la bici, que los exprime todos en cada bajada. Las piernas flexionadas y el cuerpo agachado para una mejor aerodinámica que nos permita penetrar el aire y no perder aceleración. Las cerradas curvas de herradura exigen un buen apriete de frenos, y en algunas, trazamos un poco más abierto de la cuenta para no tener que blocar, eso si, solo en las curvas que lo permiten. Vemos como la rueda trasera de quien nos precede proyecta partículas de tierra, casi una estela detrás de su cometa. La imagen bien valdría una foto pero creo que ni siquiera Salva se atrevería a ella en plena bajada a tumba abierta. Esperemos que no se le ocurra algún día. Llegamos abajo con la emoción dibujada en la cara, otra bajada épica. Comentamos la jugada mientras volvemos hacia la carreterita por la que hemos subido. Compartimos un tramo de la misma y nos desviamos a la izquierda junto a unos aljibes. Nos pegamos a la línea de costa y comenzamos una subida que nos llevará a la parte más alta del tramo de vuelta. Poco a poco la pendiente se encabrita y nos mete rampa de la buena. No contábamos con esta dureza ya que creíamos un camino más playero.

El acantilado de Abadum se forma a nuestra izquierda adquiriendo verticalidad. El mar escarpa la costa en base de una batalla sin fin, sin tregua, sin alto el fuego que otorgue descanso a ninguno de los contendientes. Una costa rota y desgarrada, tan desigual como agreste.
Nos acercamos a la Torre Badum, una torre costera de vigía de planta circular que data del 1544 y que se encuentra en un buen estado de conservación. Desde este lugar se controlaban los ataques de los piratas berberiscos a Peñíscola desde la costa sur.
Un escudo heráldico de piedra del Reino de Valencia todavía muestra altivo su águila bicéfala y sus corroídas leyendas por la acción del viento, y en lo alto en su parte norte, observamos otro detalle curioso: un “cagador al Vol” o retrete, un saliente a modo de trono usado por la tropa durante la guardia, asiento que no por más escatológico, deja de ser privilegiado en sus vistas a los que en él apoyaban sus posaderas.






















A pie de acantilado las vistas son grandiosas. El mar se ilumina de gala para ofrecernos la foto perfecta.
Las islas Columbretes se perfilan en la distancia del horizonte marino. Luego el camino baja. Un tramo de asfalto que por momentos parece querer llevarnos al abismo marino. Lo sorteamos en curvas de herradura y llegamos a nivel de playa.
Iremos pasando por distintas calas. De piedra, de arena, de cantos rodados. Con el incomparable marco de la pinada que en ocasiones se acerca a besar la playa.
Las montañas detrás, protegiendo de los vientos del interior o desviando hacia arriba la brisa marina. El mar sigue luchando con la costa. Nosotros seguimos pedaleando. Encontramos a nuestro paso un edificio el cual pensábamos que era un centro de interpretación de la Serra y la zona marina de influencia, pero tan solo es un caserón cerrado en estado de ruina, aunque los alrededores estén cuidados. Desgranamos los últimos kilómetros hacia cala Archilaga, lugar elegido para comer. La proximidad del almuerzo augura que comeremos sin mucha hambre, pero la rapidez con que sacamos los bocatas desmiente dicho pensamiento. Entramos en la arena, en los cantos rodados, y buscamos acomodo desperdigados por la cala según creemos más conveniente. Me siento a escasos centímetros de donde rompen las olas. Es un lugar diferente a todo lo que hemos visto hasta ahora en las rutas.
El sonido del mar, hipnótico hasta el extremo, me mece en un estado de calma total. Salgo del trance por el sonido adictivo de algo más bebible, mis compañeros ya me llevan ventaja. Comemos mientras la mano libre busca piedras o singulares conchas marinas. Hoy tampoco hay piedra verticial, pero el souvenir marino no se escapa de ir a la mochila.
Las olas intentan atraparme subiendo por la playa, pero mueren a escasos centímetros de su objetivo tragadas por las piedras.
La foto de grupo no podía faltar en este excepcional lugar que recordaremos para siempre. Nos ponemos en marcha para buscar el último tramo de la ruta y disfrutar de un merecido café calentito a pie de coche. Volvemos a pasar el tramo quemado y volvemos otra vez a la línea de costa. Allí encontramos un sendero estrecho, algunas piedras a modo de escalón nos obliga a bajar de la bici. Luego el camino atraviesa el bosque. No es un tramo muy rápido pero metido entre la arboleda tiene un toque exótico que nos cautiva. La luminosidad de la nublada tarde que amenaza con dejarnos sin luz diurna también ayuda a tal efecto. Llegamos a una torre, una especie de faro.

Aquí nos salimos de track y nos volvemos por el precioso paseo marítimo hacia la parte conocida.
Son los últimos metros de una ruta impresionante en la que hemos tocado todos los palos: subidas, bajadas, monte, playa, asfalto, tierra, paisajes, monumentos, cerveza, diversión, amistad, sensaciones, felicidad. ¿Qué más podemos pedir? Pues disfrutar de estas rutas siempre que podamos. Es lo que intentamos y buscamos, y casi siempre encontramos, en cada una de ellas. Ya os contaremos la siguiente.



Track de la ruta en RUTES DE RODA I PEDAL

sábado, 11 de diciembre de 2010

Crónica Serra d´Espadán

“Cual si en suelo extranjero me hallase, tímida y hosca, contemplo desde lejos los bosques y alturas y los floridos senderos donde en cada rincón me aguardaba la esperanza sonriendo.” Rosalía De Castro

Ya hacía tiempo que le debíamos cumplida visita a La Serra d´Espadán. Muchas veces la hemos visto desde La Calderona o desde la carretera, de camino a otros lugares, pero se nos resistía de manera incomprensible. Es como pensar aquello de ... puedo ir cualquier día... y con ese pensamiento lo vas aplazando sin ponerle nunca una fecha fija, pero todo llega y por fin nos disponíamos a rodarla en lo que esperábamos sería una ruta memorable.
Habíamos encontrado muchos tracks de esta zona, pero no nos acabamos de decidir por ninguno de ellos. Finalmente encontramos una ruta en Wikiloc colgada por varios grupos que reunía algunas características que nos llamaban poderosamente la atención, así que, desde aquí, gracias a todos los que han compartido esta ruta, a partir de ahora habrá un track más de la zona con nuestra particular visión de la misma. Mis vacaciones obligaban al grupo a intensificar las salidas largas que hemos ido aplazando durante meses a estos fines de semana consecutivos, así que las salidas largas tenían que ser ahora o vete tú a saber cuando, es lo que tiene trabajar los fines de semana. Así que con los tracks cargados en las memorias de los GPS decidimos cambiar in extremis el orden de las rutas que habíamos programado para estos días. Al final, solo los veteranos somos de la partida en esta ruta por la cercana Serra d´Espadán. Como de costumbre, cargamos las bicis en el remolque con las primeras luces del alba asomando por encima de las fincas. El viaje por autopista hasta Azuébar nos deja impresiones imborrables de las primeras luces diurnas sobre la montaña, y nos sirve para ir poniéndonos al día en nuestro habitual repaso deportivo de la semana; los asuntos de trabajo ya hace tiempo que hemos decidido aparcarlos a no ser que necesitemos descargar tensiones fuertes.
Aparcamos en la salida del pueblo hacia la zona de recreo de Las Carboneras. Una fina y ligera capa de niebla aún vela los confines de la sierra, pero el día no es frío en absoluto y parece que promete. Tras los estiramientos de rigor nos metemos en el cuerpo un café calentito antes de empezar. La imposibilidad de meter el termo en la mochila nos obliga a dejarlo en el coche a la espera de nuestro regreso y sin más dilación nos ponemos en marcha bajando... esto empieza bien, mejor que nunca.

Junto a la zona de recreo cruzamos un pequeño barranco y entramos por un camino asfaltado entre el monte y los campos de cultivo. La alegría de la bajada dura poco y el camino se va rápidamente para arriba como no podía ser de otra forma. Los olivos están dando su fruto y los afanados trabajadores recolectan las preciadas joyas huesudas multicolor. El camino no deja de picar hacia arriba y pronto se adentra en una zona boscosa con una rampa de bienvenida merecedora de todo nuestro respeto. Conforme avance la ruta esta rampa la echaremos de menos por la bondad de sus desniveles, aunque ahora nos parezca algo salvaje. Llegamos al alto de la montaña con unas soberbias vistas del valle que venimos recorriendo.

Algo más allá tendremos visión directa de la segunda subida de la ruta. Llegamos prestos al lugar para encontrarnos con una bajada portentosa al mejor estilo Montdúver. Asfalto estriado que nos proporciona un buen agarre en esta pendiente increíble en la que la velocidad se multiplica de forma exponencial metro a metro. Pero cuando creíamos que estaba todo bajado nos encontramos una curva a la derecha que enlaza con una bajada aún más portentosa que la anterior, que los frenos nos protejan. Una vez abajo, nos damos de frente con la entrada a Almedíjar, luego giro a la izquierda y a continuar bajando hasta el barranco donde encontramos el acueducto romano y la balsa de Huerta Nueva.

Metido en la sombría cubierta de la montaña, el sol no se dejará ver por aquí en todo el invierno, y a pesar de la bondadosa temperatura de hoy, el sudor se nos enfría encima mientras fotografiamos el lugar, por lo que instamos al fotógrafo a aligerar los trabajos con cariñosas palabras… Continuamos por este bonito camino para subir hasta la carretera por la que iremos hasta Castellnovo. No tendríamos que haber llegado hasta allí de haber estado atentos a los GPS que nos gritaban a dúo que nos estábamos equivocando, pero nosotros, más pendientes de nuestra conversación que de las pantallas nos metemos un par de kilómetros de fuerte desnivel hasta llegar a la fuente de La Mina donde creíamos que íbamos a almorzar. Nada más lejos de la realidad. Llegados a este punto nos percatamos del error y debemos volver atrás en una subida que nos podríamos haber ahorrado. En fin, “desciclando” el camino y encontrado la entrada correcta, ahora es cuando empieza de verdad la subida, y el almuerzo pesando en la mochila.

Nos encontramos con un camino de tierra en perfectas condiciones de rodaje. Las ligeras lluvias de estos días nos han dejado el firme limpio de polvo y sin barro, mejor imposible. Empezamos a subir y la rampa se recrudece por momentos. Después de cada descansillo vuelve la subida suave que luego se intensifica hasta convertirse en una rampa brutal. Y así una y otra vez. Nos cruzamos con un coche ("""""el abuelo ca….""""") que nos anima desde la comodidad del asiento del conductor y para él en bajada, diciendo que ya queda poco; pues no lo vamos a maldecir hasta que lleguemos arriba ni nada. Pero en honor a la verdad lo de que quedaba poco no ha dicho hasta donde, así que bien pensado razón tendría. Vamos pendientes de las pantallas en cada desvío ya que no queremos más equivocaciones. Hasta el depósito de incendios y refugio de Las Balsillas todo es una subida continua, sin tregua, solo aquí tendremos un momento de pausa antes de afrontar el insulto final de esta monumental cuesta. Ya casi estamos arriba, pero el último tramo vuelve a ser de asfalto estriado, (malo…) su sola visión nos pone los pelos de punta, pues sabemos lo que significa.
Nos aferramos fuerte al manillar y hundimos las bielas en cada pedalada exprimiendo cada diente de los piñones multiplicado por la rápida acción del plato pequeño. Las suspensiones, ya bloqueadas desde abajo para evitar vaivenes innecesarios nos hacen pensar que aprovechamos con limpieza toda nuestra energía en el avance, y por fortuna, el ancho del camino permite ir zigzagueando por él para restar algo de porcentaje. Por fin llegamos arriba, a la cresta de la montaña con vistas a las dos vertientes. Este es el lugar elegido, ahora sí, para llenar nuestros famélicos estómagos y además repartir algo del peso de la mochila.

La Serra Calderona con el pico del Águila en primer plano, se muestra esplendorosa al otro lado del valle del Palancia. La Sierra del Toro, el Peñaescabia o el pico Bellida son algunas de las alturas más significativas que podemos ver desde aquí. También tenemos una vista parcial del castillo de Vall de Almonacid y del pueblo "gota" como hemos bautizado a Algimia de Almonacid. Almorzamos unos al sol y otro a la sombra (como casi siempre), repartidos por el alto buscando la piedra que de mejor sustento a nuestras maltrechas posaderas. Hoy no habrá café que amenice la sobremesa. Devorado ya el bocata y con el estomago feliz, nos lanzamos hacia abajo para ir comiéndole kilómetros a la ruta. Volvemos a encontrarnos con una bajada imposible. Posiblemente sea lo que hemos subido por el otro lado, pero la vertiginosa bajada nos hace ver esta rampa aún más brutal que la que hemos subido. Curveamos con el corazón en un puño por el estrecho camino cementado, viendo a nuestro predecesor trazar con maestría, e intentando no perder esa trayectoria que de momento se muestra como la buena. El "frufrú" de los frenos trabajando nos tranquiliza "brakes at work" canto para mis adentros con un soniquete que le de ritmo, sacado de alguna canción maquinera de esas pegadizas. Solo pienso en que no se nos cruce en el camino algún trabajador de algún campo en el momento en que pasamos nosotros.


Dejamos la entrada al pueblo a nuestra izquierda y nos adentramos a la derecha por un caminito que pasa por la zona de recreo de la fuente de la Santísima Trinidad justo bajo el castillo, que desde la bajada nos ha mostrado la torre que no veíamos desde arriba, pero que en el fragor de la bajada no era aconsejable parar en medio de aquella locura para fotografiarla.
Pasamos por la capillita y la fuente disfrutando del agradable entorno que se ofrece para un paseo sereno y sin prisas. El camino sigue estrecho y sinuoso entre los campos que siguen entregando su fruto a las redes que las recogen en el suelo, vareadas, a mano o con las máquinas vibradoras que remueven las ramas para hacerlas caer y que son métodos menos agresivos que el de remover todo el olivo con los tractores. Algunos campos de caquis se intercalan con los olivos y me hacen recordar la ruta que hice la semana pasada junto al canal del Júcar. A los pies de Algimia de Almoacid el camino muere en la carretera.

Nos disponemos a enfrentar la parte más tediosa y aburrida de la ruta. Los tramos de carretera y asfalto, a parte de ser los más peligrosos, son los más pesados y monótonos. El rodar suave y tranquilo invita a aumentar la velocidad y nos cebamos sin darnos cuenta. Y es que la facilidad con que movemos la bici invita a usar desarrollos largos que machacan en pocos minutos la musculatura de las piernas.
Por suerte vamos metidos entre una increíble pinada que sube por las laderas a ambos lados de la carretera, cuestión que ameniza el paisaje y la mente para que no solo piense en dar pedales. El barranco, que recoge las aguas de las montañas a más de mil metros en la ladera norte y por encima de los 800 metros en el lado sur, se descuelga en dirección opuesta a nuestro avance, es el mismo que hemos cruzado más abajo en el pueblo. El intenso ritmo que habíamos marcado nos empieza a pasar factura y acordamos una parada para oxigenar tanto las piernas como la quemazón mental que nos estamos pegando en este tramo asfaltado. Algo repuestos mentalmente nos ponemos otra vez en marcha y seguimos subiendo, aunque eso no ha parado en ningún momento, en busca del ansiado camino que nos acerque al Pico Espadan. Las chaquetas abiertas nos permiten refrigerar algo el tremendo sudadón del ocho que nos estamos metiendo, mientras, el sol sigue su curso en lo más alto del estrecho cielo casi invernal. El desarrollo de subida no puede ser otro que el máximo, desarrollos cortos que nos hacen avanzar poco pero sin exigirle mucho a los músculos. Y la subida que no se acaba nunca. Por fin vemos el desvío a la derecha que se vuelve a internar en la montaña, en el camino de tierra. Una sonrisa se dibuja en nuestros rostros, al menos estamos de nuevo en nuestro territorio. En ese terreno es donde podemos sacar lo mejor de las bicicletas, y por que no decirlo, de nosotros mismos, es el lado salvaje, el lado oscuro.

Lo cogemos con la alegría de dejar el asfalto y giramos con el camino hacia la izquierda para ir dejando la parte norte y adentrarnos poco a poco en la cara oeste de la montaña. En este tramo tendremos una impresionante vista de la carretera por la que veníamos transitando, muchos metros por debajo de nuestro nivel actual que la hace parecer hundirse en la tierra. Es increíble que hayamos salvado este tremendo desnivel en los pocos kilómetros que hemos recorrido.
Conforme giramos hacia el sur, los barrancos se precipitan desde lo alto de la montaña casi en caída libre. Acantilados verticales se hunden en la profundidad de los bosques que crecen abajo. Un buen lugar donde "despeñarse" si no vamos con cuidado; eso lo comprobaremos al iniciar la fascinante bajada que nos espera. De momento el camino nos sigue sorprendiendo por el perfecto cuidado del firme, mucho mejor que el asfalto para rodar hacia arriba o bajando. Recortamos en silueta sobre el límite del barranco mientras paramos a observar la creciente extensión de "sureres", alcornoques que van intercalándose entre los altos pinos rodenos.
El Pico Espadan se perfila delante de nosotros y poco a poco lo dejamos a nuestra izquierda, tapado por el bosque que se interpone entre nosotros.
Este camino sigue subiendo sin tregua, pero la pendiente no es tan desproporcionada en ningún momento como lo fue en la subida de antes de almorzar. Con este ritmo controlado de pulsaciones vamos alcanzando la máxima altitud de la jornada. Incluso en las peores rampas hemos sido capaces, en todo momento, de imponer nosotros el ritmo y no salirnos de punto nunca. Es el grado que otorga la experiencia.
Llegamos finalmente al desvío que nos indica la subida al pico. Se impone una parada para consensuar el siguiente paso. Sin tiempo para hacerlo todo hay que decidirse entre subir o continuar. Sabemos que hasta arriba, hasta el vértice el camino no es ciclable del todo, y tampoco sabemos a ciencia cierta cuanto tramo ni en que estado estará, el trozo que tengamos que cargar con las bicis. Eso sí, las vistas desde la cumbre prometen impresiones fuertes, además de otra muesca en el sillín y una piedrecita más.
Por el contrario, continuar supone hacer la visita al barranco de La Falaguera, la masía Mosquera y el imponente bosque de alcornoques más grande y mejor conservado de la Comunitat Valenciana. Aportamos cada uno los pros y los contras y decidimos que lo de bajarnos de la bici y cargar con ella no nos convence, y por votación y mayoría simple, decidimos continuar, eso si, emplazando al Pico Espadan a un nuevo reto con todo el equipo al completo en otra ocasión. Nos preparamos, pues, para el descenso.

Cargamos el plato mediano y algún piñón intermedio para tener una mayor tensión en la cadena y evitar así que se salga y nos de un posible susto, que no sería la primera vez. Nos dejamos llevar por la inercia que la bicicleta encuentra en la pendiente del camino y la velocidad se incrementa por momentos. El viento se nos mete en los ojos haciéndonos lagrimear, cuestión que multiplica los caminos delante de nosotros. Creemos que vamos por el correcto a falta de un golpe que verifique la equivocación.
Curveamos dando golpes de cadera que tiren de la bicicleta hacia el lugar correcto mientras intentamos mantener el manillar rígido para evitar que la bici se descontrole. Los frenos siguen trabajando a destajo, hoy se van a ganar unas vacaciones de una semana en el mejor de los casos, en otro caso solo hasta el lunes. El único bache del camino hará un extraño en la rueda trasera de mi bici que se verá multiplicado por quienes lo observan unos metros por detrás y que parecerá mayor de lo que en realidad es. Los badenes que cortan el camino también quieren jugar y nos disparan hacia arriba para hacernos aterrizar unos centímetros más allá hundiendo las suspensiones que se comen el grueso del golpe. Frenamos con decisión pero sin apurar los frenos hasta el derrape. Esto no haría más que degradar el camino y hacernos perder estabilidad en la trazada. Vamos disfrutando de esta bajada con la euforia que da la increíble velocidad que no nos atrevemos a buscar en el marcador, pero que notamos en el rápido cambio de paisaje junto a nosotros. El final de la bajada llega súbitamente ante una abrupta subida de la que adivinamos su final arriba de la montaña, zigzagueando entre los árboles. Luego aparece otra vez el cemento estriado y esta vez pintado de rojo. Bajamos al plato pequeño y cargamos el piñón grande, otra vez el zigzagueo a través del ancho del camino suaviza mínimamente el porcentaje que se coge rápidamente a las piernas, volvemos a abrir la chaqueta para disipar el calor corporal y bloqueamos la amortiguación. Volcamos el peso sobre el manillar y adelantamos la posición en el sillín. No puede ser verdad que esta rampa esté aquí para amargarnos el final de la ruta. Con lo felices que nos la prometíamos al pie del Pico Espadan creyendo que ya era todo para abajo. Bueno, a decir verdad conocíamos la existencia de una subida, pero no de este martirio. Es un tramo corto pero intenso, que digo intenso… intensísimo. Una serie de 6 curvas en herradura nos acercan al final de la terrible subida que coronamos no sin maldecir en arameo por su extrema dureza. Llegados arriba está otra vez la carretera. Giro a la derecha y enlazamos con la continuación de la bajada. Antes vamos a la izquierda hasta la curva que se ve al otro lado del pasillo entre las rocas. Desde allí vemos un camino estrecho, una ruta senderista que se pierde entre las montañas. Abajo los restos de un castillo se van fundiendo con la montaña conforme su deterioro va engullendo su glorioso pasado.

La estrecha carretera se inclina entre las ramas de los alcornoques y los pinos, que crean una bóveda arbórea sobre el asfalto. La gravilla y la pinocha se agolpan a la orilla de la carretera que nos obliga a trazarla por la parte central. El escaso, mejor dicho inexistente tránsito, nos da un poco de seguridad, aun así no nos dejamos llevar por la euforia y estamos atentos a que cualquier coche pueda subir.
Sin perder la atención sobre las pantallas para no pasarnos el desvío, lo cantamos con anticipación para obtener confirmación y avisar a quien se aventura en la montaña sin un mapa que seguir; por fortuna Salva con su sentido de la orientación no necesita estos aparatitos tecnológicos. Vemos el desvío a la izquierda y enfilamos la subida. Ligera subida por un camino en peores condiciones que cualquiera de los que hemos transitado hoy. Estrecho y con piedras sueltas se adentra entre los retorcidos árboles que amenazan con engullir el camino.

De repente el camino vira a la izquierda y nos deja ver el valle, cubierto de un inmenso alcornocal a ambos lados del barranco. El espectáculo es tan grandioso como sorprendente por su extensión. Las cortezas de los alcornoques, cercenadas a diferentes niveles, cuyos anillos permiten ver el grosor que tendrían los árboles de no haber sido por la explotación agrícola ha la que han sido sometidos y que hasta hace poco tiempo, eran una gran fuente de ingresos para la zona, al mismo tiempo que una garantía de protección para estos bosques.
Aquel estilo de vida suponía un mantenimiento continuo del bosque, una interacción del hombre con el entorno del que se aprovechaba mientras lo cuidaba. Desgraciadamente hoy en día el corcho, sustituido por otros materiales sintéticos más baratos y rápidos de producir, está en franco retroceso. Admiramos boquiabiertos la vasta extensión de alcornocal que se alza ante nosotros. El oscuro verdor de sus hojas puntiagudas en la sombría ladera de la montaña ayuda a crear un ambiente misterioso en este silencioso valle, que se diluye en la decadente tarde que engulle al mortecino sol que se hunde a marchas forzadas en un horizonte que parece alzarse para atraparlo.
Llegamos al desvío por el que saldremos del valle y continuamos hasta la casa que se levanta casi fantasmagórica en un claro del precioso bosque. Los ojos de las ventanas nos miran sin vida, carentes de marcos y de cualquier elemento que la humanice, son huecos directos al corazón del tiempo, nos sentimos apabullados ante la inmensidad del bosque en este silencioso paraje.

Es más, la casa parece absorbida por la fuerza de la arboleda, a pesar del contraste se mimetiza con el entorno, no es algo artificial, tras la primera vista parece algo propio del bosque. Es difícil de explicar pero la magia del bosque la adopta como propia.

Volvemos al cruce y nos acomodamos al sol, al amparo del tronco de los árboles que nos acogen con el respeto que ven reflejado en nuestros rostros. El desnivel acumulado en nuestras piernas exige el alimento con mayor vehemencia de la que cabría esperar tras el tardío almuerzo. Las fotos se suceden mientras admiramos extasiados los cambiantes colores de la hojarasca con el contraluz solar.

No podía faltar una foto de grupo como recuerdo del lugar, y a falta de piedra verticial una corteza de "suro" de tan especial lugar se ha ganado una cajita con nombre y DNI.

El tiempo se nos ha echado encima irremisiblemente y dudamos entre seguir el track o volver a la carretera y bajar rápido hacia el coche. No sabemos que será más rápido. Al final optamos por seguir el track. Menos mal porque si no lo hubiésemos lamentado de por vida, ya que nos habríamos perdido la mayor sensación de la ruta y tal vez del año. Empezamos a bajar por unas curvas de herradura que pronto desembocan en un camino estrecho por el fondo del barranco de La Falaguera.


El ligero pero constante desnivel nos ayuda a bajar rápido aunque invita a dar pedales. Con esta combinación alcanzamos una velocidad de crucero que nos permite entrar en las curvas rápido sin la apremiante necesidad de frenar. Las ramas se adentran en el camino haciéndonos esquivarlas más con el cuerpo que con cambios bruscos de trayectoria. Agacharnos y movernos sobre la bici mientras mantenemos la alta velocidad se convierte rápidamente en un juego divertido. Bailamos sobre la bici y sobre el camino. Lo que creíamos un pequeño tramo se alarga en el tiempo y la distancia, dibujando y luego pintando con mayor intensidad una sonrisa que se expande hasta llenarnos de gozo. Impresionante. El subidón es tremendo, brutal. Seguimos en esta espiral de emociones, de movimientos sobre la bici, de estirones al manillar para meter la rueda por donde queremos... y de una sonrisa que nos va estallar en la cara de tanto forzarla y no poder compartirla, de momento, con los compañeros. Pero esto sigue, es de aquellas bajadas que parecen no tener fin. No tanto por la altísima velocidad sino más bien por la emoción de que las cosas pasan a nuestro lado, rozándonos a toda pastilla. Por fin se acaba, y digo por fin porque estábamos deseosos de poder ponernos en paralelo y comentar las sensaciones. En un atropello de palabras y de emociones llegamos a la carreterita de inicio para cerrar el círculo y llegar sin una pedalada más al grandote, que espera con una paciencia sin límite nuestro regreso para llevarnos a la base. Antes los estiramientos, la merienda a base de naranjas del "abuelo" y un cafelito que sienta como Dios mientras aún revivimos los últimos instantes de la ruta.

Aún no salimos de nuestro asombro de este tramo que calificamos, sin ninguna reserva, como el mejor del año hasta ahora. Nuestras caras lo dicen todo. Volvemos notando como poco a poco el cansancio va comiendo terreno a la euforia y el IBP se deja sentir en la musculatura. La próxima semana La Serra d´Irta nos espera, le hemos puesto el listón muy, muy alto, pero seguro que también sabrá sorprendernos.

Track de la ruta en RUTES DE RODA I PEDAL

sábado, 20 de noviembre de 2010

Crónica Santa Bárbara – La Vallesa

"... lo esencialmente interesante no está solamente en la belleza, en el paisaje desconocido y sorprendente, sino también en el individuo: "el paisaje es uno mismo" se ha dicho; y es verdad, un panorama o un punto de vista ante cien espiritus, dan cien resultados distintos."
Andrés Espinosa

Esta ruta había sido acordada como de costumbre la semana anterior como siempre solemos hacer al acabar la jornada de pedaleo mientras nos tomamos unas birritas. Estre track lo había ido puliendo poco a poco desde el verano pasado cuando me puse a hacer rutas por La Vallesa en busca de nuevos caminos que recorrer y ofrecer posteriormente al grupo en pleno. Tras un par de vueltas de tuerca, la hice llegar hasta Llíria para meterle un poco de rampa y a la vuelta, poder visitar un hermoso lugar como es el castillo de Benissanó.
Entre una cosa y otra no la habíamos hecho todo el grupo, tan solo Salva y yo la hicimos este verano un día que Luis no pudo venir. Por fin hoy nos poníamos en marcha para concluirla con la falta del benjamín del grupo, así que habrá motivo para repetir en otra ocasión.
La fría temperatura de la noche anterior hacía preveer una temperatura todavía más baja al inicio, pero la ausencia de viento y el sol matinal elevó la mínima lo justo para hacernos rodar de inicio mejor de lo esperado. Aun así vamos al tran tran los primeros kilómetros calentando la musculatura. Bajamos el bike-pass viendo como el firme no acaba de recuperarse por el paso de las motos que van abriendo nuevas rodadas. Eludimos la rampa detrás de Aguas Potables y nos metemos por el riíto apelando a la poca gente que hay a estas horas y con esta temperatura que ya empieza a dejar en casa a los más frioleros o a aquellos que piensan que las bicicletas son para el verano.
Disfrutamos de este placido paseo que ya hacía un tiempo que teníamos abandonado y disfrutamos, como siempre, de las postales que nos ofrece. La humedad del río y las sombras bajo los árboles impregnan el ambiente de una suave bruma que crea paisajes difusos.
En tierra, las marchitas hojas de los árboles se maceran con la humedad y retroalimentan las plantas de las que acaban de caer, compostaje natural en estado puro. De allí emana un aroma dulzón no agradable para todos pero sí para aquellos que amamos la naturaleza y sentimos ese paso esencial que se está produciendo. Seguimos pedaleando cuando no paramos a fotografiar las postales pre navideñas.
Claro, es que esta ruta no la tenemos suficientemente documentada y necesitamos fotos. De las más de 4000 que tendremos del río solo nos falta esta, pero enseguida acabo y continuamos. Llegamos a Traver y salimos del camino del parque hacia Monte Alcedo. Nos cruzamos con un grupo de jinetes que han encontrado en el río el lugar ideal para montar. Esto hace que poco a poco se vayan abriendo sendas entra la vegetación y al final se creará una red de caminos por los que poder huir del “monótono” camino principal. En la rotonda giro a la izquierda y nos metemos por la avenida arbolada picando hacia arriba. El Mas de Alzedo parece restaurado y convertido en salón para banquetes o algo parecido. El caso es que han dejado muy apañada la fachada. Rodamos bajo los enormes pinos que dan sombra a esta calle y llegamos al final. La zona nueva sin estos gigantes acaba junto al stop, cruzamos y bajamos al inicio del barranco, giro a la derecha y remontamos a la zona más alta de la urbanización. Por aquí hay un vértice geodésico, cuando se entere Salva ya está diciendo de venir otra vez a buscarlo. Callejeamos hasta la carretera de L’Eliana, derecha y enseguida izquierda. Bajada por asfalto y luego por camino hasta la carretera de La Pobla. Cruzamos y por detrás de la zona urbanizada pero aún sin construir nos dirigimos hacia el camino de Benaguacil.
Este camino nos presenta otra perspectiva de la huerta y de viejas casonas de labranza que tantas historias de esta tierra podrían contar. Llegamos al pueblo y lo cruzamos por pequeñas calles en dirección al polideportivo. Ya allí buscamos el paso inferior de la autopista y salimos a los campos del lado de Benissanó. Sant Miquèl se hace presente en cada pedalada y va llenando todo nuestro campo visual conforme nos acercamos a Llíria. Cruzamos el pueblo callejeando por las estrechas calles del centro.
Casitas blancas de una o dos alturas en un laberinto de calles que conforman la parte antigua de la vieja Edeta, o al menos eso imaginamos con la retina aún impresa por la visión de la iglesia de La Asunción que nos hace retroceder en el tiempo. Luego giramos a la izquierda para coger la calle que sale hacia el camino de Vilamarxant y enseguida encontramos la subida a Santa Bárbara. Es hora de soltar los caballos. Pasamos entre los postes de hierro queriendo tomar todos la delantera. Oigo el quejido del cambio de Salva que lo fuerza repentinamente, este suena como una carraca y pienso en Andy Schleck intentando el hachazo, pero al mismo tiempo oigo como la cadena se queja pero no se sale, engrana en la afilada dentadura del plato pequeño. Esa décima es la que me da la ventaja para acelerar dos pedaladas que me distanciarán de él y me permiten adelantar a Luis que quizá no pensaba en un ataque o quizá pasa de jugar a ciclistas.
Con las intenciones de Salva detrás de la oreja me pongo un ritmo exigente y aprieto los dientes para mantenerlo. Tiro con fuerza del manillar para ayudarme en cada pedalada. Corto el vaivén del amortiguador cerrándolo y piso con fuerza sobre los pedales. La respiración detrás de la oreja no es mía. Así que tienen que ser ellos que vienen apretando. Me apoyo en los paisajes de La Calderona para desconectar de la exigencia del esfuerzo y deseando llegar arriba para gozarlos en su plenitud. Curva a curva voy sacando milímetros pedal, milímetros que cada vez les cuesta más recortar. Lo sé. Pero también sé que son capaces de pegar un acelerón y comerme el terreno, así que no puedo relajarme. En plena subida he llegado a ver picos por encima de 15 km/h. de velocidad, aunque la media no ha bajado de 11. Llego arriba jadeando, luego llegan ellos.
-¿estamos locos o qué? Me he puesto a 170 pulsaciones
-A mí me ha saltado la cadena al empezar la subida, que si no hubiera atacado
-Y yo te he oído y he pensado que esta era la mía.
En fin, que nos hemos comportado como chiquillos… o peor. Pero un poquito de emoción de vez en cuando no está mal. Meternos rampa al menos una vez por ruta nos da “un puntito de alegría pal cuerpo”. Dejamos que el cuerpo recupere del esfuerzo y retome su ritmo normal y almorzamos contemplando los cambiantes cuadros de La Calderona iluminada por las oscilantes luces del sol entre las nubes.
Una juguetona ardilla hará nuestras delicias trepando por la fachada de la ermita y reclamando su cuota de “clics” que recibirá de buen agrado. El café llega en el momento que el frío comenzaba a apoderarse de nosotros, y es que ya lo dice el refrán “ El hombre valiente, después de comer frio siente….” y con este pequeño golpe de calor nos ponemos otra vez en marcha para iniciar el regreso, que es, mayormente, la parte nueva de la ruta.
Cruzamos toda Llíria hacia la salida de Benissanó.
En la gasolinera giro a la derecha y por los campos junto a los que hemos venido volvemos atrás. Luego cogemos un camino a la izquierda marcado como PR que lleva directo a Benissanó. Rodeamos el castillo, como ya hicimos este verano pasado, para admirarlo en todo su conjunto. Es tan impresionante que no te cansas de verlo. Hoy la foto de grupo no podía ser en otro sitio.
Salimos del pueblo bajo el arco del portal de Valencia y nos dirigimos al P.I. y la CV 50. Cruzamos por el puente y ya al otro lado rodamos por un camino entre naranjos que fue la improvisada carretera cuando acondicionaron la carretera de Benaguacil a La Pobla. En la rotonda cogemos el caminito elevado hacia el metro. En la estación a la izquierda hacia L’Eliana pasando por delante de la depuradora. El viento nos empuja en todo este tramo de vuelta por lo que a poco que damos pedales la velocidad se incrementa de forma considerable. En seguida entramos en las urbanizaciones de L’Eliana. Un autentico laberinto de calles y giros a derecha e izquierda hasta llegar a la estación de metro. Bajamos a la derecha de la vía por otra urbanización metida en medio de la pinada.
Por la calle Serra giro a izquierda para cruzar el barranco por una pasarela y pasar por debajo de la vía que ahora dejaremos a nuestra derecha. Pasaremos por el parque y de allí a cruzar la carretera que nos adentra en La Vallesa. La parcela recién urbanizada está a la espera de que le hinquen el diente con los primeros chalets, la piel negra de asfalto ya ha matado para siempre la polvorienta cubierta de esta pequeña parcela de bosque que poco a poco deja de serlo. Bordeamos entre la vía y los chalets los linderos de La Vallesa sin saber muy bien los límites y sin acabar de decidirnos sobre si es un bosque o un jardín grande. Las enormes torres de alta tensión marcan el camino a seguir por un momento. Luego entramos entre los pinos y curveamos en un tramo divertido sin más visibilidad que el propio sendero. Otro camino de coches, más chalets, otra vez entre los pinos hasta llegar al portalón de La Vallesa. La enorme puerta de hierro muestra un grandioso trabajo de forja que con el paso de los años se deteriora y oxida bajo las exigentes condiciones ambientales. En lo alto del portón un escudo de armas indica su origen pero a día de hoy aún no hemos conseguido saber su pertenencia (pensamos pudiera ser de la familia Trenor).
Seguimos intrigados con el qué será esta parcela que parece un bunker. Ahora si que estamos de lleno en el bosque y los caminos se cruzan entre sí haciendo que todos los caminos conduzcan a todas partes. La diferencia está en que algunos de ellos están realmente “reventats”. La cantidad de piedras y raíces hacen algunos casi intransitables. No será el caso de los que tomemos hoy ya que ruta a ruta hemos ido seleccionando los que presentaban mejor ciclabilidad y además ofrecían tramos divertidos. Volvemos hasta la vía para cruzarla y llegar a la parte del bosque más cercana a Manises. Esta fue la primera parte que conocimos de La Vallesa. Con la “meadrina” haciendo estragos en algunos de nosotros mientras otros se descojonan de los acuciantes efectos de tan inverosímil ingrediente de nuestra dieta, forzamos la enésima parada como ya pasara en otra ruta no hace muchas semanas. Aliviados hasta puntos insospechados retomamos los pedales para hacer la parte que eliminaremos en posteriores rutas. Regresamos pegados al By-pass hacia Paterna, luego pegados a la CV-30 hasta el puente del aeropuerto que nos adentrará en Manises. Este tramo solo tiene un par de miradores sobre el río que si estás en el camino merecen la pena, pero hacer este camino para verlos no es lo que recomendamos.
Además hay una rampa junto a la balsa de riego que está en peores condiciones que cuando la subimos por primera vez ya hace algunos años y que no es ciclable ni para bajarla, a no ser que quieras jugarte la jeta en una más que posible caída. Ya en la base rememoramos las bondades de esta ruta y rápidamente olvidamos, bajo los efectos reconstituyentes de la cerveza, la parte fea del camino.
Marcamos como ruta apta esta alternativa y discutimos cuales serán nuestros pasos la semana que viene. A no tardar mucho estaremos de vuelta por el blog con algo nuevo que contar.
Track en Rutes de Roda i Pedal.